
Sí. Esta mujer desborda.
Es capaz de romper todos los límites, incluso las estructuras clásicas del flamenco y la danza, ofreciendo un espectáculo que te deja sin aliento.
Se mueve con una precisión y un equilibrio asombrosos, incluso a alta velocidad. A veces parece levitar; en otras te encoge el corazón cuando le ves el sufrimiento por ir más allá, siempre más allá, forzándose.
Nada es convencional en ella. Ni el vestuario, ni la música, ni las temáticas que va tratando, y menos aún cómo lo hace. Y entonces me surge la duda: ¿esto es flamenco? ¿Se puede clasificar como tal? ¿O lo que ocurre aquí escapa a cualquier etiqueta? Y la respuesta es clara: esta mujer es inclasificable, el único adjetivo que admite es su creatividad desbordante.
Son dos horas de Calentamiento en todos los sentidos.
Y en este espectáculo, Calentamiento, traspasa el espacio y el tiempo y es, en sí mismo, un conjuro. Una pieza que parece no querer empezar ni terminar nunca. Los treinta y cinco minutos iniciales son de zapateado continuo, y mientras calienta los pies, introduce al espectador en la técnica, en el entrenamiento, en la repetición. Y en esa insistencia, casi hipnótica, aparece una idea clara: no parar.
La música atraviesa registros muy distintos —de Las Grecas a Bach, pasando por el techno, sin olvidar el flamenco— y ella los recorre todos sin perder el pulso. No hay guitarra, pero sí se atreve a arrastrar ella sola una batería sobre una plataforma de ruedas y tocarla: primero a gran velocidad, con una coordinación increíble; después recobra el aliento para finalmente dejar ir toda su ira sobre ella.
Pasados los 35 minutos iniciales de calentamiento, aparecen cuatro cantaoras con atuendos alejados del imaginario flamenco clásico, encerradas en un cubículo lleno de sillas. La silla, un elemento muy presente durante toda la obra, se convierte también en protagonista e instrumento.
Y en toda esta expresividad, los silencios y la quietud tienen un peso dramático que obligan al espectador a hacer un esfuerzo para sostenerlo.
Vestida con un mono de encaje sobre el cual puede llevar un chándal, una camisa atada a modo de falda o una capa de maga, nos ofrece momentos para la ternura, para el sexo hetero y el lésbico, para reflexionar sobre el dolor y la muerte. Y para el flamenco, sí, pero entendido como un territorio abierto.
Son dos horas de Calentamiento en todos los sentidos. Dos horas de volver a admirar a una artista multipremiada que no deja de empujar sus propios límites, que se desborda y te desborda por todos los poros.
Rocío Molina (Málaga, 1984) es arte puro, te hace sentir con ella, te lleva a un estadio mental, sentimental y corporal del que cuesta salir incluso cuando el espectáculo ya ha terminado.
