
Sólo entrar, una sonrisa inunda mi cara. No es lo que esperaba, aunque tampoco sé muy bien qué buscaba; una exposición al uso, imagino, como tantas otras, en donde me planto delante de la escultura y la observo con todo detalle, escrutando cada grieta, cada línea. Pero no: aquí, la pasividad ante la obra no funciona. ¿Pasividad? No creo que pueda ser pasiva, nunca, ante una obra; siempre me interpela de alguna forma. Pero en este caso todo es distinto. Quizás no debí decir “pasividad”, quizás debí hablar de la mirada, porque aquí no basta con mirar. No.
Todo es distinto porque de repente me encuentro entre esculturas, muchas personas a tamaño real, dispuestas de tal forma que me invitan a moverme, a rodearlas, a pasear entre ellas y a buscar el punto desde donde podamos dialogar. Y desde ese lugar, parecen devolverme la mirada. Son esculturas pensadas para ser atravesadas. Pero, ¿quién atraviesa a quién, ellas a mí o yo a ellas?
En medio de este nuevo mundo, casi sin darme cuenta, sonrío o frunzo el ceño con ellas, como si algo en sus gestos activara un reflejo propio. No se trata sólo de contemplarlas: se trata de encontrar el lugar desde el que empiezan a implicarme.
Leo que el artista adoptó una de las grandes preocupaciones del Renacimiento: cómo situar al espectador dentro de la totalidad de la obra. No delante, no fuera, sino dentro. Y lo hace desplazándonos. Absolutamente cierto.
Paseo entre sus grupos de esculturas como quien entra en una escena que ya estaba ocurriendo. Y les sonrío como si pudieran entenderme. O como si, al hacerlo, consiguiera entenderme yo.
Paseo entre sus grupos de esculturas como quien entra en una escena que ya estaba ocurriendo. Me cruzo con personajes apoyados en balcones con los que casi converso, me miro con otros en un espejo y comparo nuestras imágenes. Avanzo entre risas congeladas, que empezaron sin mí y aun así me invitan a compartir su alegría. Les sonrío como si pudieran entenderme. O como si, al hacerlo, consiguiera entenderme yo.
Estas esculturas no se agotan en la forma. Funcionan como situaciones. Fragmentos de relato suspendidos que sólo se activan cuando alguien los recorre.
Quizás por eso, en su obra, ser un mero espectador nunca es del todo posible.
Juan Muñoz (Madrid, 1953–2001), profundamente ligado al Museo del Prado, concibió su trabajo como una forma de narración. Sus esculturas, instalaciones o piezas sonoras no buscan sólo ser vistas, sino habitadas. Como señala la propia exposición, nos invitan a suspender la incredulidad y a entrar en un ilusionismo que trasciende la estética de su tiempo.
Y una vez dentro, mirar ya no basta. Hay que implicarse. Hay que habitar la obra.
La exposición “Historias de arte”, de Juan Muñoz, puede visitarse en el Museo del Prado ya sólo hasta el 8 de marzo.
